Hay en la parte meridional de nuestra Península un hermoso país cubierto por un cielo tan puro, tan encantador, que causa la admiración de todos y la envidia de no pocos.

Este país tan bello, y en el que la Providencia se ha complacido en derramar con pródiga mano las más ricas galas de una naturaleza siempre florida, siempre riente, se llama Andalucía. ¡Andalucía!

Patria de muchos hombres ilustres; fecundo suelo donde nacen a millares mujeres tan hermosas como seductoras; emporio, en fin, de la riqueza española, cuando los galeones cargados con los tesoros que nos producían nuestras conquistas de América, surcaban orgullosos el Guadalquivir hasta la Torre del Oro, donde depositaban los inmensos caudales que traían del Nuevo Mundo.

En la capital, pues, de este privilegiado país, en la hermosa Sevilla; en la grandiosa ciudad, cuna que fue de Lope de Rueda, Hispaleto, Murillo, Lista y tantos otros hombres célebres, así en las armas y las letras como en las ciencias y las artes, vio la luz primera, hacia el año de 1823, el profundo filósofo, el incansable propagandista republicano Roque Barcia.

Hay casos en que la naturaleza, caprichosa como ella misma, nos ofrece tan raros fenómenos que, a no verlos, a no tocarlos, nos sería imposible creer en ellos. Uno de estos casos nos presenta en los primeros años del diputado cuya biografía vamos a escribir.

Queriendo sus padres, que ocupaban una posición desahogada, darle una carrera digna de ellos, a la edad de siete años le mandaron a la escuela, la que frecuentó por espacio de seis años, sin que en todo este largo período le fuera posible aprender una sola letra. Tanto, que su padre solía decir a su esposa con el mayor dolor.

«Paciencia, querida mía, paciencia; Dios ha querido castigarnos dándonos un hijo idiota.»

Un día el padre de nuestro diputado, que a la sazón se hallaba en Madrid, recibió la siguiente carta, escrita y firmada por la mano de su hijo Roque: «Mi querido papá: Deseo estudiar en Madrid al lado de Vd. y de mi hermano.» La sorpresa que esta carta causó al padre de Barcia fue tan grande como grande había sido su dolor al ver la nulidad de su hijo para aprender los primeros rudimentos de la primera enseñanza.

¿Cómo se había operado un cambio tan súbito como inesperado en la parte intelectual de Roque Barcia? ¿Cómo en tan pocos meses sabía ya lo que en muchos años no le había sido posible aprender?

He aquí lo que no sabemos; lo que no nos podemos explicar. Lo único que podemos decir, porque nos consta, es que a los catorce años, solo, sin maestros, sin la ayuda de nadie, en fin, aprendió a escribir sobre las playas del Océano, cuyas olas iban a morir a sus pies exhalando un débil quejido al deshacerse en la arena que le servía de tablero para sus ensayos.

Cumpliendo el deseo manifestado en su carta, el joven Barcia fue dedicado nuevamente al estudio, para cuyo objeto vino a Madrid, ingresando en el Instituto de San Isidro.

Estudiando lógica en este Instituto, consultó con su [448] profesor sobre la generación de las ideas, suponiendo que debía existir una idea simple que fuese generadora de todos los hechos mentales. Con grande asombro recibió el profesor la consulta de su joven alumno.

A fuerza de perseverancia y estudio halló la idea de ser, de donde derivó un sistema completo, llegando de este modo a la formación de un tratado sumamente sencillo, de erudición universal, cuyo epígrafe era el siguiente: «El universo es una grande idea y una grande palabra.»

Duélenos en gran manera que una obra tan trascendental, y que tal vez sea el anuncio de todas las ciencias venideras, sea tan poco conocida en España.

Terminada su educación viajó algunos años por el extranjero, hallándose en 1848 en Montpellier y Liorna, y en 1849 en Roma y en Ferrara, consultando las bibliotecas de Francia e Italia para escribir más tarde El progreso y el cristianismo, y en la que trabajó por espacio de diez años con una energía y asiduidad dignas del mayor elogio. Esta magnífica obra, que no han podido menos de elogiar hasta los más implacables enemigos de Barcia, le valió a su autor su primera emigración a París, y más tarde, en 1858, no solamente que se le prohibiera dicha obra, sino que muchos miles de ejemplares fueran quemados públicamente.

Vuelto ya a su patria, escribió cuatro tomos de viajes, y un libro titulado Un paseo por París, que fue muy bien recibido.

Poco después dirigió el periódico El Círculo científico y literario, en Madrid, hasta la revolución de 1854, en la que vino trabajando con gran fe y energía, propagando las ideas democráticas, de que es ardiente y fogoso partidario. También dio a luz por entonces La cuestión pontificia y La verdad social, cuyos escritos produjeron honda sensación en todos los hombres políticos, teniendo también el honor de ser prohibidos ambos folletos.

Tiempo hacia que venía trabajando en su Diccionario de la lengua, que publicó después, dando a luz sucesivamente, y con esa laboriosidad que tanto le distingue, La filosofía del alma humana y dos tomos de Sinónimos castellanos como complemento de su Diccionario.

Sus nuevas obras Historia de los Estados-Unidos y el Caton político, que tan brillante aceptación tuvieron por parte del público, que cada día aceptaba más y más los libros de Barcia por la verdad de sus doctrinas y la energía de sus convicciones, fueron también prohibidas.

Mas no por esto se desanimó nuestro infatigable propagandista, porque poco después daba a la estampa Las armonías morales y el nuevo pensamiento de la nación, que apenas dadas a luz sufrieron la misma suerte que las anteriores.

Puede decirse muy bien que se había entablado una lucha sin tregua ni descanso entre Roque Barcia y el gobierno español: aquel escribiendo incesantemente obras para educar al pueblo, este prohibiéndolas para que el pueblo no se ilustrara y permaneciera siempre en la oscuridad de las ideas de regeneración social. De modo que no sabemos qué admirar más, si la constancia de Barcia en ilustrar al pueblo, o la oposición constante de aquel gobierno en condenar sus escritos.

El 1º de Enero de 1864 Castelar fundó el periódico La Democracia. Roque Barcia fue el primer redactor de tan notable diario, en el que concluyó de conquistarse las simpatías de todos sus admiradores por sus fogosos artículos en pro de la democracia. Poco después abandonó la redacción de La Democracia y se trasladó a Cádiz, donde fundó El Demócrata Andaluz, en cuyo periódico sostuvo por espacio de cinco meses las doctrinas democráticas en toda su pureza, no sin valerle, por parte del obispo de Cádiz, el ser excomulgado, como asimismo a todos los que leían dicho periódico. A esta excomunión Barcia contestó más tarde con su Teoría del infierno.

Durante los graves sucesos de 1866, Roque Barcia, que se hallaba en la isla Cristina, supo que su casa había sido allanada cuatro veces, y después de haberse practicado varios registros, se había dictado contra él auto de prisión y se le buscaba por todas partes. Así que se vio precisado a emigrar, pudiendo ganar, no sin graves peligros, la frontera de Portugal, en cuyo vecino reino estuvo preso por dos veces en los pontones portugueses.

Al formarse en Portugal la Junta revolucionaria de emigrados españoles, Barcia fue nombrado presidente de ella; entonces escribió varias proclamas e importantes documentos, ayudando con todas sus fuerzas al movimiento revolucionario que se efectuó en Setiembre.

Llegado a España, después de dos años mortales de trabajos y penalidades, dio a luz sucesivamente Las cargas de justicia, El Evangelio del pueblo y la Teoría del infierno, cuyos folletos se han reimpreso ya muchas veces.

Para dar una idea de la popularidad que Barcia ha sabido conquistarse entre el pueblo, bastará decir que en las elecciones para diputados a Cortes de la presente legislatura diez y seis circunscripciones le ofrecieron sus votos. Son las siguientes: Alcoy, Alicante, Badajoz, Béjar, Burgos, Ecija, Montilla, Granada, Málaga, Cádiz, Jerez, Ronda, Villanueva y Geltrú, la Mancha, Huelva y Soria.

Ruda fue la oposición que en todas ellas le hizo el gobierno; pero quizás por esto mismo su triunfo ha sido mayor y más completo.

Diputado al fin por Badajoz, ha tomado asiento en la Asamblea, permaneciendo firme en su puesto hasta que la presentación del proyecto de Constitución le decidió a abandonar la Cámara, dirigiendo con este motivo un notable manifiesto a sus electores, que ha llamado la atención de todos los hombres políticos.

Tenemos entendido que durante su estancia en Lisboa los duques de Montpensier manifestaron deseos de conocer a Barcia. Barcia contestó: «Me he entendido con quien debía entenderme, que es el desgraciado pueblo español.» Lo mismo dijo al Sr. Rancés en un almuerzo que tuvo con él en el Hotel Central, al que asistió en compañía de Martos.

El mismo duque de Montpensier le envió dinero para que socorriera privadamente a los demócratas. Barcia contestó: «Cuando tengo dinero, socorro a los demócratas y no demócratas de mi bolsillo. Cuando no lo tengo, no socorro, porque yo no soy ni puedo ser limosnero de nadie.»

Cuando el capitán Lagier fue a Lisboa con el vapor Buenaventura, le dijo repetidas veces. «Tengo las arcas llenas y traigo orden del general Prim de dar a Vd. lo que me pida.» Barcia respondió: «De nada necesito, nada quiero; y si necesitara, nada querría tampoco.»

No puede darse ni más abnegación ni más patriotismo al rechazar de un modo tan noble como enérgico las ofertas que por todas partes le asediaban.

Siendo ministro de la Gobernación el Sr. Vaamonde, se le hicieron grandes ofertas si escribía cuatro artículos sin firma en favor de la reforma constitucional, cuya cuestión mató al gobierno en el Senado. Barcia le dijo a la persona que llevó el mensaje: «Lo que Vd. me propone es una fealdad vergonzosa, porque es una traición. Mi pobreza no da derecho a nadie para insultarme de este modo. Sepa Vd. que el Banco de Londres no sería bastante para pagar un solo estímulo de mi conciencia, un solo latido de mi corazón.»

Cuando publicaba los Sinónimos castellanos, un elevado personaje fue a decirle que el rey quería subvencionar la obra con la suma de diez mil duros, que se imprimiese en la imprenta Nacional y que el autor entrara en la Academia. Barcia respondió sin vacilar: «Diga Vd. al rey de mi parte, que es muy estúpido para que yo pueda recibir dinero de sus manos. Dígale Vd. que nada le he pedido y que nada me debe.»

Vuelto a Madrid con Cristino Martos, fue individuo de la Junta central revolucionaria, negándose a firmar el acuerdo que revistió del poder supremo al actual regente. Asistió a dos sesiones, y viendo que los acuerdos de la Junta no estaban en armonía con sus ideas, exclamó como tiene costumbre hacerlo siempre que no quiere asentir a lo que no es útil y provechoso para el pueblo: «Yo no estoy bien aquí; yo me vuelvo a mi oficio; me vuelvo a mi casa.»

Con efecto, así lo hizo. Desde aquel día no apareció más por la Junta.

Hoy su casa es la imprenta, y su oficio el ser propagandista.